En estas gafas conviven tres materiales y ninguno se comporta como el otro ante la luz. El cristal la deja pasar, cada vez más a medida que bajas; el metal dorado la devuelve en reflejos; las punteras negras la detienen del todo.
No hay aro que envuelva el cristal, así que el canto queda tallado a la vista y el metal se limita al puente y a los dos ángulos exteriores.
Ponte las gafas delante de una ventana y fíjate en lo que ocurre en cada zona. No es un detalle decorativo: es lo que explica por qué el conjunto cambia tanto de un ángulo a otro. Un material atraviesa, otro refleja y el tercero corta. Los tres están a la vista al mismo tiempo, y ninguno ocupa el sitio del otro.
La ausencia de aro es lo que deja ese reparto tan claro. Cuando una montura rodea el cristal, el marco refleja a lo largo de todo el contorno y tapa el canto. Aquí el borde queda descubierto, con sus caras planas y una fila de muescas trabajadas solo en la parte alta. Puedes ver las monturas que enseñan el filo del cristal.
Sobre la cara, ese reparto no cambia. La zona cargada cae sobre los ojos, la parte ya clara llega al pómulo y las varillas, que son hilos finos, apenas se ven de frente. Lo único opaco acaba detrás de la oreja, fuera del campo de quien mira de frente. Ese mismo dorado aparece en las piezas pequeñas de la sección accesorios.
El canto tallado se repasa con un paño seco, porque no tiene ranuras donde acumular nada. El dorado y el negro piden exactamente el mismo gesto, sin producto de por medio: los tres materiales se mantienen igual, aunque respondan a la luz de tres maneras distintas.
Ficha técnica